Tallando el mármol de Miguel Ángel

“Te gusta mi taller?” me preguntó, mostrándome el lugar con un gesto de exhibición. Estaba bromeando, retándome también. El sitio parecía la ruina de un bombardeo.  Entre los bloques sin labrar, el suelo subía y bajaba en dunas de polvo y cascotes de piedra. Y más que un taller, era un campamento. Solo dos lados del solar estaban techados; e incluso ellos estaban abiertos al viento y la lluvia que a veces entraba de lado.  Fernando sin duda se preguntaba si yo me imaginaba lo que tenía por delante. ¿Se hartará pronto el novato? No son los yanquis  como niños mimados? Me miró con una sonrisa escéptica.

800px-Trabajo_de_mami_071Taller de cantería (foto Wikimedia de Patty P en dominio público)

Detrás de él, dando saltos para alcanzar el cable de la luz, había una camada de gatitos. Parecían bailar alrededor de él como duendes o hadas. Fernando penetró en la oscuridad y levantó los brazos por encima de la cabeza. Hubo un destello mientras enroscaba una bombilla , y en seguida, una luz contínua. “Mira,” dijo.

La pared estaba llena de estatuas, apiladas sobre gruesos tableros de madera arqueados bajo su peso. Estaban amontanadas de cualquier manera, cubiertas por un centímetro de polvo y manchadas del hollín de la lumbre. Muchas estaban rotas o aplastadas. En esa condición era difícil comprenderlas o apreciar arte alguno. De hecho, nada en el taller de Fernando se parecía a la escultura que yo conocía, de la que hay dos caras. La otra, que yo iba conociendo con los años, es la que se contempla en los grandes museos y se comenta a continuación en cafeterías en el lenguaje abstracto de la crítica. Es la flor tierna, recién cogida del arbusto. El taller de Fernando era el envés, el arbusto, un arbusto espinoso.

El ángel de Montserrat

El meneo del cable eléctrico atrajo a los gatitos, que acudían rápidamente. Se perseguían y se caían unos sobre otros como payasos; y sus persecuciones terminaban en locos saltitos mortales. Subieron a una roca grande y plana como una mesa, y comenzaron a jugar a escondidas alrededor de una figura de color rosa que yo no había divisado. Era de un chico, casi a tamaño natural, que se sentaba sobre una pequeña roca, perdido en triste contemplación. No era como el famoso Pensador de Rodin, no colocaba la mano en la mandíbula, encerrándose en una postura rígida. Por el contrario, se quedaba relajado y como soñando, una mano apenas rozando su cara, como si fuera la caricia de una madre; la otra mano descansaba cerca de la rodilla, posada tan ligeramente como un pajarito. El movimiento se percibía por todo el cuerpo y sin embargo estaba quieto. Aunque se sentaba con verosimilitud sobre la piedra, no parecía tener peso. Parecía a punto de levantarse y salir corriendo con la ligereza de un gamo.

“Es realmente hermosa,” dije, dando pasos a su alrededor para contemplarla desde más ángulos y comprobar si toda la figura estaba tan sumamente graciosa. Fernando me observaba. Fue su primera oportunidad de estudiarme. No quise presentarme como un sofisticado entendido de arte pero sí quería que se diera cuenta de que era capaz de reconocer una cosa buena. “Es un ángel,” dijo. “¿Te acuerdas de [el nombre de un político fallecido hacía poco]. “Es para su panteón.”

Aquí estaba escultura de la otra, de la flor. Era superior a todas las figuras que había visto de un escultor vivo, y era, tuve que reconocerlo, mejor que las que yo mismo era capaz de crear entonces, aunque esperaba superarla algún día. Todos los detalles estaban modelados con la autoridad de una idea clara: ninguno se había hecho como una mera copia de la naturaleza. Todo era una interpretación, un estilo. Fue tal vez su único defecto: el estilo obedecía con demasiada conformidad un canon de elongación y ductilidad. Mas, con todo, el canon funcionaba: el ángel era gracioso, ligero, profundo. No tenía nada del gran estilo, nada de la terribilité del David de Miguel Ángel pero sí, la gracia del joven pastor-profeta de Verrocchio.

“¿Conoces al escultor?” pregunté.
“¿Si lo conozco? ¡Hombre! ¿Cómo no lo voy a conocer? La mayoría de esas figuras son suyas”–señalando las machacadas estatuas de escayola de los tablones. Las miré de nuevo pero no pude ver ninguna tan bella como el ángel rojo, y se lo dije.
“No se pueden apreciar así,” dijo Fernando. “Otro día bajaremos alguna y la miraremos como se debe. Mucho depende de cómo se exhibe. Tendrás que ver lo impresionantes que son en mármol.”
“¿Has hecho todas ellas en mármol?”
“La mayoría más de una vez.”
“¿Y ésta?”–señalando el ángel rojo. “¿En qué mármol vas a hacerla?”
“Carrara.”

800px-Carrara_15Cantera de mármol de Carrara, Italia (foto Wikimedia de Lucarelli bajo licencia GNU Free Documentation)

¡Carrara! ¡El Carrara de Miguel Ángel! Casi todas las grandes esculturas del Renacimiento estaban realizadas en ese mármol blanco de las montañas de Italia. La Piedad, el David, el Apollo, todos eran de mármol de Carrara. Yo tuve cuidado en no decir que el mismo Miguel Ángel era mi modelo a seguir. Sabía que habría parecido una niñería, o según, una afectación o una locura. El joven aspirante a actor, para evitar unas sonrisas odiosas, no anuncia que va a ser como Charlton Heston o Russell Crowe.

Sin embargo aquí, en este improbable taller del siglo veinte, todavía se oía decir Carrara, como si los escultores modernos todavía soñaran con el David y los Gigantes Boboli e hiciesen pedidos de mármol de Carrara porque consideraban que era la única materia prima digna del Arte Verdadero, habiendo sido bendecido por el Maestro. No sabía que todos los cementerios del mundo estaban repletos de figuras hechas de ese mármol.

“¿De verdad proviene de Italia?” Quise decir: “¿Te refieres al auténtico mármol de Carrara?” pero la pregunta salió desviada, golpeada por la sorpresa. “Eso espero, por lo que cobran,” dijo Fernando con un pequeño soplo de risa y una mirada a Sánchez. “Últimamente viene bastante malo. Grisáceo. Gris claro con unas vetas negras, que son más duras que el resto y muy molestas de trabajar.”
“Tienes el bloque para el ángel?” Eché una mirada hacia aquellas piedras esparcidas por el solar.
“Despacio, chaval. Todavía está en el almacén. Pronto lo verás. Y conocerás al escultor también si te quedas por aquí.”

Air_hammer_Cuturi_E-typeUn martillo neumático italiano, con un cincel. Hay una válvula de rotación añadida. (foto de Satrughna de GNU de licencia de documentación libre)

Me acerqué a ver el martillo neumático, el primero que había visto, y los curiosos cinceles. “Ya quiere empezar,” dijo Fernando a Sánchez con un guiño. Fernando no trabajaba dando golpes con un mazo sino con un cilindro de acero al final de un tubo de goma, como una manguera de regar con su cabecilla. Lo cogí, algo así como coger una serpiente por la cabeza, y Fernando me tendió un cincel y me enseñó cómo introducirlo en el cilindro. “Un segundo,” dijo, y fue a encender el compresor. El motor arrancó con un ruido ensordecedor. A la vuelta, Fernando dio unas golpes sobre la enorme piedra delante de nosotros. “Venga!” gritó. “¡Atácala!” Abrió una pequeña llave en la manguera y el cilindro comenzó a vibrar.

Inserté mi cincel en el cilindro y lo apunté hacia la piedra. Al tocarla se saltó inmediatamente y se escapó de los dedos. Vi que, para dirigirlo, había que sujetarlo con más firmeza. Fernando esperó para ver si era capaz de corregir mi técnica sin ayuda, luego intervino. Cogió el martillo y, haciendo unos pases con el cincel, rozó la superficie de la piedra. Parecía un peluquero pasando por la cabeza de un cliente con su máquina. “Venga,” dijo, devolviéndome el martillo. “Ahora.” Hice otra pasada con el cincel, esta vez con la mano sujetándolo con firmeza. Algunos trocitos saltaron al aire. “Así”, dijo Fernando, sonriendo.

Yo también sonreí. En el taller de Fernando había encontrado el lugar que durante tanto tiempo había buscado. Me quedaría…

Tercera parte: mi primer día en el taller del cantero

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2 Responses to Tallando el mármol de Miguel Ángel

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