Cómo aprendí a tallar estatuas en mármol

La noche ya cerraba. Sánchez y yo íbamos en su rígida furgoneta, dando saltos casi dolorosos por los baches de aquel camino. Yo me encontraba perdido pero suponía que íbamos hacia el cementerio, donde se situaban todos los negocios de piedra. Era Hades, el mundo eternamente encapotado y triste de las tumbas y flores secas. Yo había bajado a él decenas de veces en los últimos cuatro meses, buscando…¿buscando qué? Pensaba que era una cosa sencilla: quería aprender a crear bellas estatuas en mármol, como Miguel Ángel. Y necesitaba a alguien que me enseñara a trabajar la piedra.

David_von_Michelangelo David de Miguel Ángel,  foto Wikipedia GNU-FDL de Rico Heil (User:Silmaril).

Pero no lo encontraba. Había propuesto mi plan a marmolistas, a restauradores de monumentos de piedra, a grabadores de lápidas y tumbas, a profesores de escultura y modelado de la Escuela de Artes y Oficios de la capital. Había conocido a comerciantes y propietarios de galerías de arte. Incluso había entrado en algunos talleres de artistas famosos. Ninguno estaba por la labor.

Sánchez fue el último nombre de mi lista, un hombre que vendía abrasivos y maquinaria a canteros y profesionales de la piedra. Poca esperanza me quedaba cuando llegué a su oficina, una tarde a la hora de cerrar y le expuse mi proyecto. Siempre había cuidado de su presentación, pero ahora, en parte porque la tenia memorizada, y en parte porque ya no creía en su poder para encantar, la solté sin entusiasmo. No esperaba, pues, que Sánchez pudiera ayudarme. En el fondo estaba convencido de que, una vez más, había llegado a ninguna parte.

Pero me escuchó. Sabía escuchar y entendía al momento. Y era compasivo. Pensó un minuto, recorrió con el dedo una gran agenda, cogió el teléfono, miró su reloj, colgó el teléfono y volvió a reflexionar. “Probaremos a Fernando. Debe estar allí todavía. Si no puede echarte una mano, iremos a ver a Luis o a Braulio; pero creo que Fernando es tu hombre.”
“Conoces a muchos escultores,” dije.
“A todos,” dijo. “Vendo a todos sin excepción.”
Cerró rápidamente la oficina y nos metimos apresuradamente en su furgoneta.

El taller

canaletto stoneyardCanaletto – El patio del cantero (fragmento); 1720; Galería National de Londres, UK (Wikipedia  foto en dominio público)

Sánchez abrió la gran puerta metálica, sin avisar. Sabía que Fernando no nos iba a oir por el ruído del compresor. “Cuidado con el piso.”

El taller estaba a oscuras excepto por la gran bombilla eléctrica que iluminaba a Fernando  al otro extremo. Era un descampado, en su mayor parte abierto al cielo, con grandes bloques de piedra esparcidos por el terreno. Fernando nos observaba desde la enorme piedra en que trabajaba. “¡Vaya tardecita!” sin duda se dijo. Representábamos el final de su trabajo. Seguro que había contado con otra media hora o más, esa tarde. Ahora, con esta interrupción, necesitaría al menos dos tardes adicionales para terminar su capitel. ¡Si no surgieran más sorpresas! Cerró la llave del martillo neumático y se incorporó para recibirnos, resignado.

Sonrió con sus grandes gafas, su boina polvorienta, y su pelo gris asomándose por debajo. “¡Hombre! Vas a destrozar la furgoneta. El camino a estas horas es criminal,” le dijo a Sánchez. Estaba sobre su capitel, mas alto que nosotros, como un cura en su púlpito, y tuvo que bajar con cuidado. “Dejadme apagar el compresor,” dijo, y desapareció en la oscuridad. De pronto pararon los estallidos del motor y todo quedó en silencio; y Fernando reapareció junto a nosotros, quitándose el guante para darnos la mano.

No fue uno de los grandes encuentros de la historia del arte. Yo no era Miguel Ángel y Sánchez no era mi padre que me entregaba como aprendíz a Domenico Ghirlandaio. Los grandes escultores y sus talleres ya no existían. Sánchez apenas me conocía. Promovía la especie humana, haciéndome un gran favor. Y ahora retaba a Fernando a que me hiciese uno aún mayor. Los dos eran hombres excepcionalmente generosos en un país célebre por su liberalidad para con sus visitantes y extranjeros. Pero una cosa es lo que uno mismo ofrezca y otra, muy distinta, lo que se le pida. Otros hombres me habían atendido con el ceño fruncido mientras iban seleccionando uno de sus buenos motivos para negarse. Pero Fernando, al mirarme y seguír mi planteamiento, no dejó nunca de sonreír; y la sonrisa se volvió cada vez más ancha. ¿Por qué le gustó la idea?

Había la curiosidad de mi nacionalidad. ¡Qué diablos hacía un yanqui en España con el propósito de aprender la escultura? ¿No son ellos los que siempre vienen aquí para enseñarnos sus cosas? Igual quiere imitar a Montserrat y montar su propio tinglado.
Uno de los clientes de Fernando, un escultor de Barcelona llamado Montserrat, había pedido docenas de figuras para galerías de Nueva York y Washington. Fernando las tallaba siguiendo unos modelos de escayola, las empaquetaba, y las enviaba a su destino. Cabía la posibilidad de que algún día yo le hiciera pedidos así. Pero aquello estaba demasiado lejos en el futuro para beneficiarle. Tenía sesenta y dos años y estaba enfermo de diabetes. Tal vez no llegase siquiera a la jubilación.

No. Era otra cosa: su generosidad. Le fascinaba la idea de enseñarme lo que había aprendido. Fernando no tuvo maestro. Y aunque muchos se habían puesto a observarle mientras trabajaba, ninguno se ofrecía como alumno. Tal vez este chico podría aprender. Quizá tuviera talento de escultor. Si me escucha, le puedo ahorrar muchos de las duros momentos por los que he tenido que pasar. ¡Cuántas veces he pensado: si hubiera sabido entonces lo que sé ahora…!

Y Fernando dominaba el oficio como nadie. En las escuelas de arte había profesores que impartían los principios generales de la escultura como los que podrían leerse en un libro. Pero pocos habían tallado más que unas sencillas figuras de prueba para “coger la idea”. La talla de piedra, como cualquier otro oficio, requiere cientos de horas de ejercicio, que se traducen en años de duro trabajo con el martillo. El frío de los largos meses de invierno y el sofocante calor de verano azotan al cuerpo como si tratara de una penitencia. Los dedos se deformarán para acomodarse al cincel y las manos se llenarán con las durezas propias de los pies. Fernando había hecho el larguísimo aprendizaje; estaba cualificado: tal vez fuera el que mejor y más rápido tallaba la piedra en toda España.

“Te gusta mi taller?” me preguntó, mostrándome el lugar con un gesto de exhibición. Estaba bromeando, retándome también. El lugar era absolutamente impresentable…

Segunda parte: Tallando el mármol de Miguel Ángel

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2 Responses to Cómo aprendí a tallar estatuas en mármol

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  2. Pingback: La primera mañana en el patio de cantería | Fernando's Stoneyard

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