¿Cómo eran los canteros?

Al día siguiente volví a la cantería de Fernando y trabajé allí durante tres años y medio, y ojalá hubieran sido diez. Herman Melville, el autor de Moby Dick, dijo que el ballenero había sido para él su Universidad de Yale o de Harvard. Yo había cursado la universidad pero digamos que la cantería de Fernando, la fea, ruidosa, y sobre todo, polvorienta cantería, fue mi ballenero, y los canteros, mis profesores.

el castillo de proa de un ballenero  (Foto en el New Bedford Whaling Museum, New Bedford, Massachusetts)

Cada mañana salía corriendo del metro y trotaba hasta la cantería como un caballo camino del establo. Me esperaban sorpresas todos los días y cosas maravillas que aprender, y no solo de piedra. Nunca más esperaría ver a gente tan variada y pintoresca de una sociedad antigua, los visitantes del patio: artistas, sus esposas y queridas; y sus clientes, las personalidades de la aristocracia, la política, la banca. Tenía tanto empeño en aprender la escultura que rara vez quedaba suficiente tiempo para el cotilleo del viejo Luis; pero en mi próxima vida quiero sentarme con él, saborear las historias enteras que contaba en su español antiguo y rural, y situar mejor la gente de aquel mundillo.

A las pocas semanas empecé a sentirme a gusto. Hice amigos con los trabajadores. ¿Cómo eran?

Los canteros

Eran todos pobres, más o menos sufridos según el carácter de cada uno. Picar piedra era uno de los trabajos más bajos imaginables en un país donde todo trabajo se despreciaba. Era duro y sucio. Tras pocos años terminaba con la salud debilitada, a menudo con silicosis, pero siempre con el envejecimiento prematuro.

Muchos ya tenían una salud precaria al comenzar. Su legado de una familia pobre consistía en enfermedades congénitas y una visión de la vida que les hacía impotentes para ayudarse a si mismos. Era difícil verlos como seres libres. “Algunos nacen con estrella,” decia un refrán, “y otros, estrellados”.

En un mundo rígidamente injusto, donde alguien se encuentra abajo, puede intentar subirse haciendo el mal activamente; o bien, como los picapedreros, hacer una huelga de celo perpetua, que consiste en dar obediencia solamente a las formas del deber, como los patriotas de un país ocupado por el enemigo. ¡Prisioneros, sí, pero esclavos, jamás!

Llegaban al trabajo vestidos de ropa sencilla y limpia, la mejor que tenían. Entraban al taller derechos y con las caras impasivas. Luego se cambiaban a los peores trapos, la indumentaria más sucia nunca puesta por hombres teóricamente libres. Esa era su consideración del trabajo. No les importaba que dieran una imagen ridícula. Se resignaban a ofrecer sus cuerpos como instrumentos.

Se ponían camisas rotas o jerseys mancos y guantes a los que faltaban dedos. Se metían en pantalones viejos de otro. Las zapatillas de esparto no les protegían de los tropezones. Tapaban sus cabezas con papel, con un pañuelo, con una bolsa de plástico. Parecían una compañía de cómicos.

Una vez frente a su trabajo, buscaban la manera de abandonarlo. Se les ocurrián numerosos pretextos para dejar el martillo. Paraban a menudo para limpiar la nariz, ajustar los guantes, sus jerseys, pantalones y zapatillas. Hacían viajes a la botella de aguardiente, nunca a mano; a la rueda de esmeril, con un puñado de cinceles; al “baño”: numero dos en el campo, agachados en las malas hierbas; numero uno, allá por el compresor. Más tarde alguien tuvo la idea de abrir un agujero en la pared.

El jefe tampoco era puntilloso a la hora de proveer al taller de comodidades. En vista de la actitud que demonstraban los obreros, pensaba que sería inútil acomodarles.

Todos eran alcohólicos. Cada uno hacía una docena de visitas diarias a la botella de aguardiente, que era un regalo de uno de ellos a los demás. Se podría pensar que hacían eso por turnos pero no estaba tan estrictamente organizado. Ninguno quería que sus compañeros le tacharan de tacaño, y así el orgullo le obligaba a cada hombre llevar una botella regularmente.

Algunos días, por tanto, había dos o tres botellas sobre la piedra llana al lado del compresor, y otros días, ninguna. Una de sus más notables cualidades, por no llamarla virtud, era su capacidad de abstenerse. Sé que un alcohólico debe tener su ración diaria; pero había días en que faltaba la botella sobre aquella piedra y nadie podía beber. No había quejas ni protestas visibles y yo empezaba a dudar de su dependencia.

Lo mismo pasaba con los cigarrillos. Había que ser generoso. Nadie simplemente sacaba un cigarro de su bolsillo y lo enciendía. Primero había que pasar la cajetilla por el grupo de amigos, y cuando llegaba de vuelta, se palpaba suelto. Casi la mitad de los cigarros se regalaban. E igual que con el aguardiente, había días que ninguno se acordaba de parar en el estanco camino del trabajo. Eran días sin tabaco y los canteros los superaban sin rechistar. Bueno, quizá una bromita. Había una profunda e instantánea resignación, y un desdén incluso hacía ellos mismos, no solo por la familiaridad con la pobreza.

A continuación: Mis mejores profesores eran Ángel, Luis y Pepe.

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3 Responses to ¿Cómo eran los canteros?

  1. Luis says:

    Espero la próxima entrega…

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    • 100swallows says:

      Muchas gracias, Luis. Las entradas provienen de un libro que escribí en inglés hace tiempo y que iba traduciendo poco a poco para el blog. Ahora me pondré a trabajar sobre el siguiente capítulo. Cuento con lectores como tú. Un saludo

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  2. Pingback: La máquina de sacar puntos | Fernando's Stoneyard

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